Blog de Paloma

La confianza: la joya que sostiene lo que compartimos

Hay algo que lo cambia todo cuando perdemos la confianza en alguien. Una conversación deja de ser una conversación para convertirse solo en un ejercicio de interpretación. Nos preguntamos qué habrá detrás de unas palabras, qué parte de lo que escuchamos será cierta, qué convendrá comprobar… Donde antes había descanso, ahora surge la vigilancia.

Sucede en una relación de pareja, en una amistad, en una relación comercial. Podemos seguir queriendo, apreciando a esa persona, compartir una historia o creer que es necesario que la relación continúe. Sin embargo, algo esencial ha sido quebrado: la paz interior ligada a la conciencia de saber que podemos descansar en ella.

Confiar permite dejar una parte de nuestra vida en manos de otro. Compartir algo que nos importa, aceptar su palabra sin dudar, emprender juntos un proyecto. Supone reconocer que somos vulnerables y saber que esa vulnerabilidad será respetada.

De ahí que la confianza, como los buenos caldos, necesite su tiempo. Se construye en la correspondencia entre lo que decimos y lo que hacemos, en el respeto a los límites, en la manera de responder cuando nos equivocamos. También en algo sencillo y decisivo: saber que lo que nos sucede le importa al otro.

Pero, un solo acto puede bastar para poner en duda todo lo construido. Otras veces, la confianza se desgasta lentamente, entre pequeñas mentiras, promesas aplazadas y daños que nadie reconoce, o no quiere reconocer. Hasta que un día descubrimos que llevamos demasiado tiempo comprobando si podemos seguir confiando…

¿Un acto de fe?

Confiar se parece a dejarse caer en una piscina cuya profundidad no alcanzamos a ver. Por un nanosegundo, nos abandonamos ante algo que no controlamos. Hay un riesgo, porque ninguna relación ofrece garantías absolutas.

Pero necesitamos creer que la profundidad será suficiente.

La confianza contiene una apuesta por lo desconocido. Se apoya en lo que ya hemos vivido: la presencia del otro, su coherencia, su capacidad para cuidar lo que compartimos. Cuando se nos exige creer a pesar de los incumplimientos reiterados, esa exigencia empieza a parecerse demasiado a una renuncia a nuestro propio criterio.

También necesitamos distinguir entre un error y una forma de relacionarse. Alguien puede fallarnos y hacerse cargo: reconocer lo ocurrido, escuchar sus consecuencias y cambiar su conducta. La reparación empieza ahí. Pedir confianza mientras se elude toda responsabilidad es la semilla para una ruptura anunciada.

La herida y la apertura

John Welwood, una de las voces de la psicología transpersonal, relaciona nuestra dificultad para confiar con la herida de no sentirnos amados tal como somos. Desde esa herida, podemos desear profundamente el encuentro y, al mismo tiempo, protegernos de él.

Su mirada invita a reconocer qué parte de nuestra desconfianza pertenece a experiencias anteriores y qué parte responde a lo que está sucediendo ahora. Las dos merecen atención. Una herida antigua puede mantenernos en alerta ante alguien que nos trata con cuidado. También puede llevarnos a soportar vínculos dolorosos en la creencia de que así conseguiremos, por fin, el amor que necesitamos.

Abrirnos exige escucharnos y mirar la relación con claridad. Sin paños calientes.

Desde ahí, recuperar la confianza en nosotros mismos incluye reconocer nuestras percepciones, expresar nuestras necesidades y establecer límites. La apertura interior y el discernimiento pueden crecer juntos. Seguimos disponibles para el encuentro y elegimos con quién, cómo y hasta dónde.

De la relación al espacio común

Lo que sucede entre dos personas tiene una resonancia social. También la convivencia necesita una base de confianza: saber que los acuerdos cuentan, que las reglas tienen continuidad y que quienes asumen una responsabilidad, que los demás les otorgamos gentilmente, responden por ella.

Un Estado comparte con una empresa la necesidad de organizarse, administrar recursos y cumplir sus funciones. Su responsabilidad, además, nace en y alcanza los derechos, la justicia y las condiciones en las que vivimos juntos.

Cada uno necesita hacer su parte con una seguridad básica: que los demás también están sujetos a obligaciones y que existen mecanismos para exigirlas y hacerlas cumplir. La cooperación se vuelve agotadora cuando tenemos que vigilar permanentemente si alguien aprovecha nuestra buena disposición para obtener una ventaja.

Volvemos a la piscina: necesitamos lanzarnos a sus profundidades y dedicarnos a nadar con la tranquilidad de que alguien cumple su  responsabilidad de mantener el agua.

En Hacia la paz perpetua, Kant plantea que el problema de organizar un Estado tiene solución incluso para un pueblo de demonios, siempre que posean entendimiento. Las instituciones deben ordenar y limitar los intereses particulares de manera que la convivencia resulte posible.

El alcance de esta idea es enorme: una sociedad necesita leyes y contrapesos capaces de sostenerla también y sobre todo cuando falla la virtud de quienes la gobiernan.

Kant advierte, además, de que incluso durante una guerra deben preservarse las condiciones que permitan confiar en una paz futura. Hay formas de actuar que destruyen la posibilidad misma de volver a entendernos.

¿Qué ocurre cuando normalizamos esas formas en nuestra vida pública?

Cuando el otro deja de importar

Cuesta confiar en quien permanece indiferente a las consecuencias de sus actos sobre los demás. Necesitamos percibir una disposición mínima a reconocer el daño, escuchar y responder.

En política, esa disposición debe traducirse en decisiones. La cercanía escenificada y las palabras emotivas dicen poco cuando las actuaciones muestran desprecio por las personas a quienes se representa. La empatía adquiere valor público cuando se convierte en responsabilidad, trato digno y atención a las consecuencias.

Al observar la vida política en España y en Europa, me preocupa cuánto espacio ocupa la lucha por conservar el poder y cuánto queda huérfano del cuidado de aquello que compartimos. Cuando la prioridad es proteger al partido, desgastar al adversario o salvar la propia posición, los ciudadanos quedamos reducidos a un mero instrumento.

El deterioro ético se hace especialmente profundo cuando la mentira se acepta como habilidad, la crueldad como firmeza y la ausencia de responsabilidad como una victoria estratégica. Es, probablemente, el resultado de un sentido y aplicación del Utilitarismo mal comprendido.

Cada vez que celebramos estas conductas porque favorecen a los nuestros, contribuimos a debilitar las condiciones de nuestra propia confianza y de la de todos.

El canto de sirenas

Las ideologías ofrecen una manera de interpretar el mundo y orientar la acción. También pueden convertirse en refugios que nos ciegan evitándonos examinar con mirada limpia lo que sucede.

Entonces dejamos de valorar una conducta por sus consecuencias y empezamos a juzgarla por quién la protagoniza. Condenamos en unos lo que justificamos en otros. La pertenencia ocupa el lugar del criterio.

Quizá una de las preguntas más necesarias sea esta: ¿aceptaría lo mismo si lo hiciera alguien del otro partido?

La respuesta nos devuelve una medida ética propia. Nos permite preguntarnos qué estamos dispuestos a aceptar y qué clase de convivencia ayudamos a construir.

La paz, la justicia y el equilibrio social necesitan algo más que discursos que nos den la razón. Necesitan acuerdos sostenibles, límites al abuso y capacidad para reconocer al otro como parte legítima del mundo que compartimos.

Volver a confiar

Entre dos personas, la confianza se recupera cuando existen reconocimiento, reparación y coherencia sostenida. En la vida pública necesita, además, transparencia, controles y consecuencias para quienes traspasan los límites.

Podemos empezar por exigir a quienes elegimos la misma responsabilidad que pediríamos a cualquier persona a la que confiamos algo valioso y por revisar nuestra disposición a disculpar aquello que nos perjudica colectivamente cuando beneficia a nuestro grupo.

Confiar implica aceptar la incertidumbre. Hacernos dignos de confianza implica cuidar la parte que solo depende de nosotros.

Quizá ese sea el principio de cualquier paz que aspire a durar: saber que el otro respeta los límites que posibilitan nuestra convivencia, incluso cuando traspasarlos podría ofrecerle una ventaja.

La confianza nos permite mantener la guardia baja y dedicar nuestras fuerzas a vivir. Por eso cuidarla es una responsabilidad íntima y política a la vez.

Quizá, tal y como expone el maestro Mooji, sería oportuno trascender el ser político para adentrarnos, simplemente, en el Ser.

 

La intimidad como espacio de transformación 

John Welwood, referente en la psicología transpersonal, nos invita a observar la intimidad como un espacio sagrado de transformación. En su obra señala: «El amor solo puede sanar aquello que se presenta para ser sanado». Esta afirmación resuena profundamente, recordándonos que la cercanía posee la capacidad de desvelar las heridas y las defensas que llevamos dentro, brindándonos la oportunidad de trabajar con ellas y encontrar la curación. En la psicología transpersonal los vínculos además de ser fuente de compañía y placer, funcionan como espejos alquímicos.


Esta perspectiva se entrelaza con mi propia experiencia: observar con atención lo que el encuentro con el otro nos revela. En cada conexión hay una invitación a reparar nuestras heridas personales y desde ahí, desarrollar el potencial que nos permite cuidar y nutrir nuestras relaciones. Lo que se despierta entre nosotros nos permite reconocer dónde necesitamos atención, qué expectativas cargamos sobre nuestra pareja y qué capacidades internas anhelan ser expresadas.
Cuando esta comprensión se asienta en nuestro ser transforma la manera en que nos relacionamos y por lo tanto, la propia relación. Aprendemos a expresar lo que sentimos desde la vulnerabilidad, a escuchar con el corazón lo que el otro está atravesando y a reconocer el impacto de nuestros actos en la danza de la vida compartida, dejando que la conciencia se manifieste de múltiples formas. Formas tan diversas como la manera en la que pedimos cercanía, cómo respetamos los límites y cómo reparamos el daño cuando ha ocurrido.
El trabajo personal, entonces, se convierte en un viaje que enriquece el vínculo. A medida que nos adentramos en nuestra historia atendemos lo que aún está herido y recuperamos una libertad renovada para responder al presente. Esta sensibilidad no solo nos permite cuidar de nosotros mismos, también nos permite atender conscientemente a quienes comparten su vida con nosotros creando un espacio donde florecer ambos.

Cuando una pareja me pide terapia conjunta, el primer paso se centra en comprender la importancia fundamental de que cada uno atienda sus propias heridas; hacerlo permite comprender que lo que percibes del otro pasa inevitablemente por el tamiz de tu percepción sesgada y maltrecha. Desde la observación, el reconocimiento y la comprensión sanadora de lo que es en ti, el verdadero sentido del amor resplandece.


Apunte Final
En un próximo artículo, profundizaré en cómo estas dinámicas de intimidad y transformación se reflejan también en nuestras relaciones profesionales y laborales. Al igual que en el ámbito personal, el entorno laboral se convierte en un espacio de potencial sanador y de crecimiento, donde la empatía y la cercanía resultan esenciales para construir relaciones colaborativas y saludables. Exploraremos cómo integrar esta comprensión en nuestras interacciones diarias, promoviendo un ambiente donde cada voz sea escuchada y cada alma, valorada.

 

El espacio entre reaccionar y responder

Una palabra, un gesto, un silencio. A veces basta muy poco para que algo se precipite en nosotros. El cuerpo se tensa, la respiración se acorta y las palabras salen antes de que alcancemos a reconocer qué queremos decir. Después, cuando el momento pasa, nos preguntamos por qué reaccionamos así, por qué aquello adquirió tanta intensidad.

La reactividad es instantánea, poco meditada y, en ocasiones, desmedida respecto a lo que está sucediendo. Nos adelantamos, interpretamos, nos defendemos. Podemos llegar a escuchar una intención que el otro todavía no ha expresado y responder a ella con toda la fuerza de lo que sentimos.

En esos momentos conviene dirigir también la mirada hacia dentro. ¿Qué nos ha tocado? ¿Qué significado hemos dado a ese gesto? ¿Qué necesidad aparece detrás de la urgencia por justificarnos, retirarnos o devolver el golpe?

Nuestra historia sostiene la forma en que vivimos el presente. Una observación puede rozar una antigua experiencia de desvalorización; una demora puede despertar la sensación de quedar fuera; un desacuerdo puede sentirse como una amenaza al vínculo. Son posibilidades que merecen escucha. Comprenderlas nos ayuda a reconocer qué pertenece a la situación y qué estamos aportando nosotros a ella.

Responder requiere un tiempo que la reacción ignora.

A veces ese tiempo cabe en una respiración. Otras necesitamos interrumpir la conversación, caminar un rato o retomarla al día siguiente. Reconocerlo permite decir algo tan sencillo como: «Esto me está afectando y necesito un momento para poder hablarlo».

La reflexión necesita una mente suficientemente clara, un corazón abierto y un cuerpo enraizado. Cuando toda nuestra atención está ocupada en defendernos, resulta difícil escuchar con amplitud, considerar otra interpretación o elegir las palabras pertinentes. Dar tiempo al cuerpo para que disminuya su activación favorece otras condiciones para el encuentro. Las prácticas de relajación y respiración pueden contribuir a ese proceso; la calma, sin embargo, no siempre llega de inmediato ni depende solo de nuestra voluntad.

Podemos empezar por percibir el apoyo de los pies, advertir la tensión de la mandíbula y dejar salir el aire sin empujarlo. También por reconocer con palabras sencillas lo que sentimos: «Estoy enfadada», «Esto me duele», «Me siento cuestionada». Nombrar las emociones puede ayudar a modular la reactividad emocional. Reconocer lo que ocurre en mi interior es el umbral para atenderlo.

Y en ese espacio sucede algo que a menudo pasa inadvertido: nuestra voz también recupera presencia.

Cuando paramos, aunque sea un instante, la garganta puede aflojar su tensión, abrirse y ampliar el espacio disponible para el sonido. Al disminuir el esfuerzo muscular innecesario, las cuerdas vocales encuentran condiciones óptimas para vibrar flexibles y libres. La respiración sostiene la expresión y dejamos de exigirle a la garganta que haga todo el trabajo.

El sonido nace de la vibración de las cuerdas vocales y se modifica al recorrer las cavidades de la garganta, la boca y la nariz. Su resonancia tiene un espacio físico. Y podemos vivir ese espacio respetándolo como a una catedral: la de nuestro cuerpo. Una arquitectura íntima donde el sonido encuentra lugar para desplegarse y dar a la voz la presencia que requiere.

Desde ahí, incluso un límite cambia de textura. Un «hasta aquí» encuentra sostén. El desacuerdo puede expresarse con firmeza y la emoción encuentra palabras que la representan con mayor precisión. Podemos escuchar lo que decimos mientras lo decimos y percibir también a quien tenemos delante.

Habrá ocasiones en las que reaccionemos y solo después alcancemos a comprendernos. También entonces hay espacio para detenernos, reconocer el efecto de nuestros actos y reparar. Esa capacidad se cultiva cada vez que prestamos atención a lo que nos sucede.

En mi forma de acompañar, comprender la reactividad implica escuchar la historia, atender el cuerpo y reconocer lo que necesita expresión. Ese trabajo nos permite disponer de más recursos cuando algo vuelve a tocarnos.

Entre lo que sucede y lo que hacemos con ello hay un espacio que podemos aprender a habitar. A veces empieza con un instante de silencio. El suficiente para escucharnos y elegir cómo queremos estar en lo que viene después.

 

 

 

La disposición a mirar

A menudo, llegamos a terapia cuando algo nos duele, se repite o nos impide avanzar. Queremos comprender qué nos sucede y encontrar una manera de vivirlo diferente. Quizá sabemos explicarlo con detalle; quizá apenas podemos decir que algo no va bien.

No necesitas llegar con respuestas. Hay, sin embargo, una disposición que importa: la curiosidad por comprenderte, la honestidad para reconocer lo que sientes y la voluntad de dirigir la mirada hacia dentro. De acercarte también a aquello que llevas tiempo evitando, sin saber de antemano qué vas a encontrar.

Mirar produce vértigo. Podemos intuir que hay algo que, una vez reconocido, cuesta seguir ignorando. Una necesidad que pide espacio, una relación que requiere atención, una decisión pendiente. También nuestra manera de participar en lo que nos ocurre. A veces, ese vértigo aparece ante la posibilidad de descubrir que tenemos más margen para responder de lo que creemos.

Queremos que algo cambie y, al mismo tiempo, nos aferramos a lo conocido. Incluso cuando nos hace sufrir. Hay formas de vivir y de relacionarnos que nos acompañan desde hace tanto tiempo que apenas distinguimos cuánto hay en ellas de elección, de costumbre o de protección.

«Yo soy así y no voy a cambiar» puede cerrar esa posibilidad de comprendernos.

En ocasiones, hay soberbia en esa afirmación: dar por hecho que ya sabemos todo de nosotros, que nuestra mirada es la única válida o que corresponde a los demás adaptarse. Nos instalamos en una certeza que deja poco espacio al encuentro y a la revisión de nuestra propia conducta.

También puede haber temor detrás de esa firmeza. Temor a reconocer una equivocación, a sentirnos vulnerables, a dejar una forma de protegernos sin saber todavía cómo vivir de otra manera. Escuchar esa parte de nosotros permite comprender qué sostiene su posición y qué necesita. Su voz merece atención; también podemos preguntarnos cuánto condiciona nuestras decisiones.

La terapia requiere humildad. La de admitir que hay aspectos de nosotros que desconocemos, que nuestras explicaciones pueden ser incompletas y que podemos aprender algo incluso de aquello que nos incomoda. Reconocer nuestra participación en lo que sucede nos permite recuperar la libertad para responder de manera diferente a lo mismo de siempre.

Esa apertura convive con las dudas, las resistencias y la necesidad de tiempo. Podemos hablar del vértigo, reconocer que algo nos cuesta o señalar hasta dónde estamos disponibles en ese momento. Todo ello forma parte del proceso. La disposición también se construye en un espacio donde nos sentimos escuchados y podemos expresar lo que necesitamos.

No hay nada que demostrar. Podemos acercarnos a nuestra experiencia con honestidad y cuidado, sin exigirnos estar preparados para todo.

Creo espacios de encuentro en los que explorar contigo lo que te sucede, comprender cómo lo vives y reconocer lo que necesita atención. Yo aporto escucha, presencia y herramientas para acompañarte. Tú aportas tu experiencia y tu disposición a participar. Lo que descubres, lo que dudas y lo que ocurre entre ambos nos orienta.

A veces, el movimiento empieza al detenernos ante una reacción habitual y preguntarnos qué hay en ella. Al escuchar algo que solemos descartar. Al permitir que una pregunta permanezca abierta el tiempo suficiente para que aparezca una respuesta propia.

No necesitas llegar con respuestas. Las iremos encontrando juntos. Lo importante es estar dispuesto a hacerse las preguntas adecuadas.

Del deber a la coherencia.
El fruto más dulce y silencioso.



Durante muchos años entendí la ética desde la filosofía. Más tarde, la vida y el trabajo terapéutico me descubrieron que muchas de sus intuiciones adquieren una profundidad distinta cuando dejan de ser conceptos para convertirse en experiencia.
Immanuel Kant defendía que el valor moral de una acción reside en realizarla por deber, no porque nos resulte agradable o conveniente. Y creo que esa propuesta tiene un valor inmenso: comprender que no todo puede depender de nuestros impulsos, deseos o intereses inmediatos.
Sin embargo, me pregunto si existe un paso más.
Tras años de trabajo personal y de acompañar procesos terapéuticos, concluyo que la ética madura cuando deja de vivirse como un deber para convertirse en una forma natural de estar en el mundo. Actúo con honestidad no porque deba, sino porque hacerlo de otra manera supondría alejarme de mí.

La psicología apunta a algo revelador, las conductas poco éticas suelen tener su origen en un autoconcepto frágil, una identidad que necesita protegerse o una necesidad constante de validación.
Cuando la identidad necesita sostener una imagen aparecen la autojustificación, la dificultad para reconocer un error, la necesidad de tener razón o la tentación de adaptar los propios valores a aquello que resulta más conveniente. Detrás de todo ello suele haber miedo.
Cuando integramos nuestras heridas, reconocemos nuestras sombras y dejamos de identificarnos con la imagen que proyectamos, ocurre algo extraordinario: ya no necesitamos tantas estrategias de protección. Y cuando una persona ya no necesita protegerse, tampoco necesita traicionarse.
Es la consecuencia natural de una conciencia integrada.
Una ética que no nace del miedo ni de la obligación, sino de la imposibilidad de actuar en contra de aquello que uno reconoce como verdadero.
La ética deja entonces de ser un asunto exclusivamente moral. Se convierte en un indicador del grado de integración psicológica y emocional. Habla del lugar interno desde el que vivimos.

Por eso pienso que el "deber ser" tiene un enorme valor mientras construimos el carácter. Pero llega un momento en que el trabajo interior transforma ese deber en algo muy distinto. Ya no hago lo correcto porque me lo imponga una norma; lo hago porque sería profundamente incoherente actuar de otra manera, y eso no hay quien lo soporte. Quizá el deber, sea el puente, y la coherencia, el hogar.
Quizá su fruto más dulce y silencioso sea que, poco a poco, deja de resultarnos imposible vivir en contra de aquello que reconocemos como verdadero.

Quizá es ahí donde la ética deja definitivamente de ser un "deber ser" para convertirse, simplemente, en una manera de ser.

La dirección natural de la vida: desplegar aquello que ya está contenido en ella.

Hay personas que llevan toda una vida preparándose para dar un paso… y, sin embargo, cuando llega el momento, algo dentro de ellas se detiene. Y no se trata de miedo necesariamente. Tampoco de inseguridad. A veces existe una fidelidad silenciosa a la propia historia. Una parte de nosotros puede sentir que crecer demasiado, vivir con mayor plenitud o alcanzar aquello que otros no pudieron, supone alejarse de quienes nos precedieron.

Y entonces ocurre algo curioso; la persona no se sabotea de forma evidente. Simplemente reduce un poco su luz. No termina de ocupar su lugar. No acaba de mostrarse del todo. Es como si una parte profunda susurrara:

"Si voy demasiado lejos… ¿seguiré perteneciendo? ¿Me seguirán amando?"

Quizá las lealtades familiares no siempre consistan en repetir la historia. De hecho, muchas veces, consisten en permanecer cerca de ella simplemente, incluso cuando la vida invita a avanzar. Aparentemente no se repite nada, y sin embargo… todo queda igual.

Pertenecer no exige quedarse detenido.

De hecho, la vida parece tener una dirección natural: desplegar aquello que ya está contenido en ella. Cada generación recibe algo, lo transforma y lo entrega. Cuando ese movimiento continúa, no se rompe el vínculo, muy al contrario, el vínculo madura.

Tal vez honrar a quienes vivieron antes no consista en cargar con sus límites, sino en permitir que aquello que ellos iniciaron encuentre una expresión más amplia y depurada a través de nosotros. Porque quizá, brillar nunca fue un acto de separación. Quizá brillar sea, precisamente, una forma muy honrosa de continuidad.

¿Qué ocurre en nosotros cuando dejamos de entender el crecimiento como una distancia respecto a nuestra historia y empezamos a vivirlo como su evolución natural?